Washington, 23 de julio de 2026

El Gobierno del presidente estadounidense Donald Trump ha anunciado un controvertido acuerdo nuclear con Arabia Saudita que concede al reino tecnología nuclear moderna y el derecho al enriquecimiento propio de uranio, pero que no incluye el reforzado Protocolo Adicional del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

El acuerdo contempla una duración de 30 años y prevé la participación de empresas estadounidenses en el desarrollo del programa nuclear saudí. Según fuentes gubernamentales, el pacto no incluye, sin embargo, el Protocolo Adicional del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que establece mayores posibilidades de vigilancia, inspección y control. Falta así un instrumento central pensado para dificultar el desvío de material nuclear hacia programas armamentísticos.

Al ser preguntado por los periodistas sobre el riesgo de que el acuerdo desencadene una nueva carrera armamentística nuclear en una región ya de por sí inestable, dijo: "Los Estados Unidos no cerrarán un acuerdo con ningún país del mundo que cree un riesgo de proliferación de armas nucleares". La afirmación entra en contradicción con el contenido del pacto, señalan los críticos.

La condición de Trump: acercamiento a Israel

Trump supedita además el acuerdo a una condición política: exige un acercamiento entre Arabia Saudita e Israel. Varios países árabes habían comenzado en 2020 —durante el primer mandato de Trump— a normalizar sus relaciones con Israel. Si Riad dará ahora ese paso sigue siendo una incógnita. El Congreso debe, en cualquier caso, aprobar el acuerdo en un plazo de 90 días.

El príncipe heredero Mohamed bin Salman ha declarado en repetidas ocasiones que su país, si bien no busca armas nucleares, "lo antes posible" seguirá ese paso si Irán lo da. Esta postura resulta aún más grave si se considera que Arabia Saudita e Irán son rivales regionales y se teme una carrera armamentística nuclear en la región.

La preocupación de Israel ante un efecto bola de nieve

Desde el entorno del primer ministro Benjamin Netanyahu se afirma que el acuerdo supone "un peligro para la seguridad de Israel". Israel teme que el pacto provoque en Oriente Medio una especie de "efecto bola de nieve", es decir, que anime a otros Estados a desarrollar o ampliar sus propios programas nucleares.

Yoel Guzansky, del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS), califica el acuerdo en un comentario como "un regalo a Riad". Israel, en cambio, "asume los riesgos", afirma Guzansky, "y no obtiene nada a cambio". La asimetría entre el beneficio para Arabia Saudita y los riesgos para Israel genera malestar en Jerusalén.

Steinberg, de la Fundación Ciencia y Política (SWP), advierte de que el acuerdo es una "catástrofe para la no proliferación" de armas nucleares en la región. También observadores internacionales advierten del peligro de que otros países, como los Emiratos Árabes Unidos, quieran renegociar. Los Emirates habían obtenido contractualmente en su acuerdo con EE. UU. en 2009 el derecho a renegociar si un Estado vecino obtenía mejores condiciones.

Disputa interna sobre la política de información

Hakeem Jeffries, líder de la bancada demócrata, se indigna —no por el contenido, que ni siquiera conoce, sino por la falta de transparencia informativa de Trump. "No tengo ni idea de si están incluidos", dijo Jeffries en referencia a los estándares de no proliferación. El senador van Hollen se muestra escéptico: "Arabia Saudita no ha señalado hasta ahora un cambio de actitud, pero ya lo veremos", dijo van Hollen.

En términos de política energética, el acuerdo tiene sentido para Arabia Saudita: el país, con más de 35 millones de habitantes, debe buscar nuevas fuentes de energía. Y es que, manteniendo el mismo nivel de producción, las reservas petroleras conocidas del reino probablemente solo basten para los próximos 60 a 70 años. Su «Visión 2030» tuvo que ser recortada por el príncipe heredero Mohamed bin Salman; este acuerdo con EE. UU. puede presentarlo en Arabia Saudita como un éxito.

Trasfondos energéticos del interés saudí

Históricamente, el paso tiene un peso enorme: solo doce años antes de que el último sah huyera al exilio ante la Revolución Islámica, EE. UU. había proporcionado en 1967 a la Universidad de Teherán un pequeño reactor nuclear con fines de investigación, incluido uranio altamente enriquecido, apto para armas. En 1979, la Revolución Islámica arrasó Irán; el régimen de los mulás tomó el poder —y con él también aquella tecnología estadounidense que más tarde se convertiría en la base del programa nuclear iraní.

Rubio añadió: "Si los países deciden que quieren un programa nuclear civil pacífico, preferimos que lo hagan con nosotros y no con otro país". Esta postura entra en tensión con la supervisión nuclear estadounidense: fueron precisamente EE. UU. quienes, tras 1945, impulsaron numerosos programas de desarme nuclear.

La carga histórica: desde Teherán 1967 hasta hoy

Los críticos ven en el acuerdo una prueba más del declive de la influencia estadounidense en la región. El presidente de EE. UU. consolida así el histórico retroceso del poder de EE. UU. en Oriente Próximo, señala el análisis. El suministro simultáneo de tecnología y la renuncia a controles estrictos plantean interrogantes sobre la credibilidad de la política estadounidense de no proliferación.

Para Israel, la situación sigue siendo precaria: si Arabia Saudita efectivamente comienza el enriquecimiento de uranio, ello podría dar un nuevo impulso a las ambiciones nucleares de Irán. La preocupación en Jerusalén es que un programa saudí fortalecido reduzca en general el umbral nuclear en la región. El Gobierno de Netanyahu presiona, por ello, para que se incluyan garantías de seguridad vinculantes en el marco del acuerdo.

Los próximos 90 días hasta la votación en el Congreso se consideran una fase decisiva. Que el acuerdo obtenga el respaldo del Congreso en su forma actual es incierto. Jeffries y van Hollen ya han formulado duras críticas, y también dentro del Partido Republicano existen reservas ante la ausencia de controles del OIEA. El debate sobre el acuerdo se desarrolla, además, en una fase de elevada tensión en Oriente Medio.

Votación en el Congreso y cuestiones abiertas

La noticia se emitió el 23.07.2026 en el programa Deutschlandfunk y fue calificada en varios medios como un desarrollo dramático. Los observadores ven en el acuerdo una mezcla de gran negocio y una señal política altamente controvertida, con consecuencias de gran alcance para el orden nuclear de la región.

Donald Trump quiere ayudar a Arabia Saudita a dotarse de un programa nuclear: esa es la idea central del acuerdo. El pacto combina intereses económicos y de política de seguridad, pero deja abiertas cuestiones centrales de la no proliferación. Cómo se equilibrará exactamente el uso civil y el control militar está por verse.

También el papel de Irán sigue siendo un factor. Si Teherán amplía sus capacidades nucleares, Arabia Saudita podría verse presionada a hacer lo propio. La espiral de desconfianza, rearme y contrarreme amenaza con seguir girando, con consecuencias imprevisibles para la estabilidad de toda la región.

Para la comunidad internacional, el acuerdo supone una prueba de fuego: ¿puede la comunidad de naciones evitar que los programas nucleares civiles se utilicen con fines militares? El OIEA y sus Estados miembros tienen ante sí la tarea de imponer estándares claros y preservar la confianza en la no proliferación. El acuerdo saudí podría convertirse en precedente, tanto para bien como para mal.