Sonny Rollins muere a los 95 años en Woodstock | noticias360
Muere a los 95 años Sonny Rollins, el legendario “Saxofon-Koloss” del jazz
WOODSTOCK, Nueva York — 26 de mayo de 2026
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El legendario saxofonista de jazz Sonny Rollins ha fallecido a los 95 años en su casa de Woodstock, Nueva York. Considerado por muchos como el mejor tenor de la historia, deja un legado inmortal con obras maestras como “Saxophone Colossus” y “The Bridge”.
WOODSTOCK, Nueva York — 26 de mayo de 2026
El saxofonista tenor Sonny Rollins, venerado como uno de los gigantes indiscutibles del jazz, falleció el lunes a la edad de 95 años en su hogar en Woodstock, en el estado de Nueva York.
“Con profunda tristeza e inmenso amor anunciamos el fallecimiento de Sonny Rollins”, informó un comunicado publicado en la página oficial de Facebook del artista, confirmando la noticia que enluta al mundo de la música. La muerte del músico, cuyo nombre real era Theodore Walter Rollins, cierra el capítulo de una de las trayectorias más influyentes y singulares de la historia del jazz, forjada a base de un talento descomunal, una autocrítica feroz y largos periodos de introspección que redefinieron su arte.
Un talento precoz forjado en Harlem
Nacido en 1930 en el barrio neoyorquino de Harlem, en el seno de una familia con intereses musicales originaria de las Islas Vírgenes, Rollins descubrió el jazz en su adolescencia. Su primer contacto con el instrumento que lo inmortalizaría ocurrió en un contexto de dificultad económica, un gesto materno que el propio músico recordaría décadas después como un momento fundacional.
“Cuando mi madre me dio un saxofón, estábamos en plena Gran Depresión”, relató Rollins en una entrevista con la radio pública NPR en 2017. “Me llevó un tiempo convencerla de que realmente quería tocar. Tenía ese instrumento, me iba a mi habitación, cerraba la puerta y estaba en el cielo”.
Su musicalidad explotó con la fuerza de un trueno cuando, a los 16 años, se pasó definitivamente al saxofón tenor. Apenas tres años después, en 1949, con 19 años, ya se encontraba en un estudio de grabación junto al cantante de jazz Babs Gonzales. La noticia de su genio se propagó con rapidez por la escena, lo que permitió al joven prodigio tocar de inmediato con las figuras más relevantes del momento, incluido el trompetista Miles Davis, en cuyos grupos militó durante sus años de formación.
La cumbre del “Saxofon-Koloss”
El apodo que definiría su estatura artística, “Saxofon-Koloss” (Saxophone Colossus), no fue una hipérbole vacía, sino el título de un álbum que grabó en 1956 y que marcó un antes y un después en el jazz. Aquella sesión, en la que con apenas 25 años se reunió con el baterista Max Roach, el bajista Doug Watkins y el pianista Tommy Flanagan, destiló la esencia de su estilo. El repertorio incluyó estándares que se convertirían en clásicos indiscutibles de su firma, como “Oleo”, “Doxy” y “St. Thomas”, además de baladas como “You Don’t Know What Love Is”, donde se reveló como uno de los más grandes intérpretes del género desde Coleman Hawkins.
El reconocimiento de sus contemporáneos fue absoluto. Miles Davis, con quien compartió escenario en sus inicios, no escatimó elogios y lo definió con una frase que haría historia: “el mejor saxofonista tenor de todos los tiempos”. Su sonido era una paradoja hecha música: un torrente robusto y áspero que, sin embargo, podía tornarse sutil y matizado, desvaneciéndose en un susurro etéreo. Su lenguaje improvisatorio, de una personalidad tan arrolladora, inspiró a generaciones enteras sin llegar a crear una escuela definida, precisamente por su carácter intransferible.
El precio de la genialidad: pausas y renacimientos
La vida de Rollins estuvo marcada por cesuras voluntarias, periodos en los que la rutina de los escenarios y los estudios se interrumpía para dar paso a una búsqueda interior casi monacal. El músico autodidacta desconfiaba de su propio talento y mantenía una relación de escepticismo permanente con su forma de tocar. “La mayoría de las veces soy muy crítico con mi forma de tocar”, confesó en una entrevista con el periódico NZZ en 2007.
Esa insatisfacción lo llevó a protagonizar uno de los episodios más legendarios de la mitología del jazz. En el verano de 1959, decidió retirarse de la escena pública para practicar en soledad. Para no molestar a sus vecinos, instaló su rutina de estudio en el pasaje peatonal del puente de Williamsburg, en Nueva York. Allí pasó más de dos años, a menudo durante 14 o 15 horas diarias, enfrentándose al viento y a sus propias dudas.
“Lo que me hizo retirarme e ir al puente fue cómo me sentía con respecto a mi propia manera de tocar”, explicó Rollins al diario The Guardian en 2022. “Sabía que no estaba satisfecho”.
El fruto de aquel retiro fue otro disco capital, “The Bridge” (1962), que demostró su capacidad para reinventarse. No sería su única pausa ni su único regreso triunfal. Tras superar sus problemas de adicción en 1956, justo antes de grabar “Saxophone Colossus” y “Way Out West” (1957), Rollins demostró una resiliencia que le permitió lograr en la década de 1970 lo que muy pocos de sus coetáneos consiguieron: que su estrella no se apagara, sino que brillara con más fuerza.
Compromiso social y el eco del 11-S
La música de Rollins no fue ajena a la realidad social que lo rodeaba. En 1958, en pleno auge del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, publicó “Freedom Suite”, un álbum con el que mostró su solidaridad con la causa afroamericana. La carga política del trabajo fue considerada tan controvertida en su momento que el sello discográfico Riverside llegó a cambiar temporalmente el título del disco.
Décadas más tarde, la historia volvió a golpear su puerta de forma trágica. Rollins fue evacuado de su apartamento en el bajo Manhattan durante los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Bajo la impresión imborrable de aquellos acontecimientos, registró el concierto que daría forma al álbum “Without a Song: The 9/11 Concert”, un trabajo de una carga emocional tan profunda que le valió un premio Grammy en 2006. Su vida personal también estuvo marcada por la pérdida de su esposa, Lucille, fallecida en 2004, quien había sido su resuelta representante y gestora de contratos y actuaciones.
Un legado eterno en la improvisación
La carrera de Rollins se extendió de forma activa hasta 2012, cuando se retiró definitivamente de los escenarios. Para entonces, su lugar en el olimpo musical estaba más que asegurado. Su agente, Terri Hinte, difundió una nota en la que recordaba la filosofía vital del músico, una que trascendía la mera existencia física.
“Pertenezco a esas personas que creen que esta vida no lo es todo”, citó Hinte las palabras del saxofonista. “Cuando la vida de una persona creativa termina, continúa en la siguiente existencia”.
El legado de Sonny Rollins es el de un hombre que transformó la autocrítica en combustible para la eternidad. Su forma de tocar, que una crítica de la revista Jazz Journal definió en su día como la capacidad de “extraer hasta la última gota de significado de una frase particular tomada de la melodía de una canción”, permanece como un faro inalcanzable de la improvisación. Su sonido, a la vez sanguíneo y rugoso, capaz de estallar en solos maratonianos o disolverse en un suspiro, deja un vacío imposible de llenar en la historia de la música del siglo XX.